Arte tibetano: resplandor interior y en la superficie

Una de las piezas que componen la exposiciónRevista Ñ

Con la visita del Dalai Lama, el Museo de Newark reinauguró su colección de arte tibetano, una de las más antiguas y delicadas que existen. Una historia fascinante llevó las obras hasta allí.
En el atrio del Museo de Newark, monjes del monasterio de Drepung Gomang, que en un tiempo se encontraba en el Tibet y ahora en India, crearon literalmente grano a grano en arena de colores un mandala enorme e intrincado. Y la colección de arte tibetano del museo, una de los más antiguas y delicadas que existen, ha sido reinstalada en una serie de salas que rodean un altar budista consagrado por el Dalai Lama hace más de 20 años.

El Dalai Lama fue el orador principal en la Cumbre de la Educación para la Paz de Newark los días 13 al 15 de mayo y visitó el museo.

La reaparición de la colección tibetana es de por sí una ocasión para bombos y platillos. Desde esculturas doradas de deidades hasta palillos en filigrana de plata, todo el material es sorprendente. Y casi igualmente sorprendente es la historia de cómo aterrizaron estas obras en Newark cien años atrás.

Poco tiempo después de la creación del museo en 1909, uno de sus miembros fundadores, Edward N. Crane, entabló una amistad en un barco de vapor que viajaba desde Japón rumbo a los EE.UU.

El pasajero era el Dr. Albert L. Shelton, misionero médico cristiano que regresaba al país después de prestar servicio durante cinco años en China y Tíbet. La estadía del misionero había coincidido con una época de guerras fronterizas devastadoras entre los dos países, durante las cuales muchos monasterios budistas fueron destruidos y sus posesiones se dispersaron. En esas circunstancias llegaron a sus manos objetos que las personas ajenas a los monasterios no habían visto ­instrumentos rituales, pinturas religiosas, libros sagrados.

La idea de Shelton fue venderlos como una colección a un museo estadounidense y destinar lo recaudado a su misión. Y en Crane encontró, quizá no un cliente institucional, pero sí un observador ardiente y muy bien conectado.

Ya de regreso, Crane convenció al museo de que pidiera prestado el material tibetano para realizar una exposición especial.

La muestra, que se inauguró a comienzos de 1911, fue un éxito.

Cuando Crane murió repentinamente ese mismo año, su familia compró todo lo que tenía Shelton ­unos 150 objetos­ y los donó al museo, que a su vez encomendó a Shelton que buscara más obras de arte cuando regresara al Tíbet.

Éste aceptó y entre 1913 y 1922, año de su muerte (fue asesinado por bandidos en el interior del país), envió centenares de objetos más a Newark.

Una selección pequeña pero espectacular del acarreo original de Shelton en 1911 puede verse en esta nueva instalación. Y se destaca sobre todo una pintura de tamaño más bien grande de la deidad budista Guru Dragpoche del siglo XVII o XVIII. Apacible no es la palabra que nos viene a la mente al confrontar este ser furiosamente febril, color rojo sangre, con calaveras colgantes, apretando a su consorte azul oscuro contra su pecho. Sin embargo, como si su energía actuara a la inversa de las expectativas, es el centro magnético de un diseño serenamente equilibrado donde figuras más pequeñas, cada una encerrada en un halo de cuerpo entero, flotan a su alrededor como lámparas sobre un cielo negro alquitrán. Lo más probable es que esta imagen llegara a Shelton directamente de un templo o monasterio, y directamente de él al museo.

En 2003, la comerciante en arte Doris Wiener ­que murió el mes pasado­ donó una cubierta de sutra en madera exquisitamente pintada con un paisaje del Himalaya. Bella. Y hace apenas dos años el museo se regaló a sí mismo un retrato escultórico del poeta-santo Milarepa, que vivía en cuevas, representado como una figura pequeña tallada insertada en la cadena montañosa del tamaño de una casa de muñecas realizada en arcilla.

El ánimo que prevalece aquí es optimista y receptivo. Una imponente figura pintada en dorado de un monje se alza en la puerta, tranquilizadora y serena. Está realizada en laca seca, un material asociado a China, aunque sus túnicas y el gorro lo identifican como miembro de la orden religiosa de Gelug, a la que pertenecen el Dalai Lama y los monjes que crearon el mandala de arena del museo.

Y detrás de él se despliega una mini-universidad de profesores venerados. El erudito indio Atisha, en forma de una escultura de bronce dorado atrae la atención por su sonrisa confiada: claramente tiene algo para decirnos que nos alegrará saber. Y en una pintura casi confusamente rica en su detalle narrativo, el monje del siglo XIII Sakya Pandita, famoso por sus habilidades retóricas, se balancea como un bailarín y extiende un brazo largo y desnudo hacia afuera ajustando un punto de la ley budista.

Ese brazo, pálido, delgado y femenino, casi suplica que lo adornen con brazaletes. Y hay algunos muy lindos a mano en una sala dedicada casi por entero a la joyería tibetana. Algunos de los ornamentos que se ven aquí ­amuletos incrustados con turquesas, santuarios de plata en miniatura para llevar en los cinturones­ tienen significación religiosa. Pero todo lo demás, y es mucho, fue hecho como vestiduras convencionales para reflejar poder, de un tipo calibrado para que quienes las usaran, hombre o mujer, lucieran atractivos, elegantes y, por sobre todo, ricos.

Dejar un comentario

You must be logged in to post a comment.