El “sueño americano” de Chen Guangcheng

Chen, tras su llegada a EE.UU. (AFP)

ABC.es

Chen Guangcheng, el disidente ciego que huyó de su arresto domiciliarioy se refugió en la Embajada de Estados Unidos en Pekín, ya ha comenzado una nueva vida en libertad junto a su mujer, Yuan Weijing, y sus dos hijos. Procedente de la capital china, el sábado llegó a Nueva York, cuya universidad le ha ofrecido una beca para que continúe sus estudios de Derecho.

«Durante los últimos siete años, no he tenido un día de descanso. He venido para recuperarme un poco», aseguró Chen a los periodistas que estaban esperando su llegada. Un buen ejemplo del infierno que ha sufrido el activista lo puso su amigo Jerome Cohen, profesor de Derecho en la universidad, quien explicó que «Chen no se ha sentado al sol durante muchos años, así que lo primero que quiso hacer al llegar fue salir al jardín con sus hijos».

Tras el vuelo, que se retrasó varias horas, Chen fue recibido con aplausos y felicitaciones por algunos de sus amigos y seguidores en los apartamentos para estudiantes de Manhattandonde vivirá. Entre sus nuevos compañeros en el exilio destacan otros disidentes que también tuvieron que marcharse de China por defender la democracia y los derechos humanos en su país, como Wei Jingsheng, que llegó a EE.UU. en 1997, o el activista cristiano Bob Fu, un buen amigo de Chen que ahora vive en Texas.

Después de pasarse cuatro años en la cárcel y casi dos bajo arresto domiciliario, el disidente ciego se ha librado de la persecución que sufría en China y ha visto por fin cumplido su «sueño americano». Pero lo más probable es que, debido al revuelo diplomático y mediático que ha levantado su caso, el autoritario régimen de Pekín no le permita volver en mucho tiempo.

Así lo temen sus amigos y familiares en China, que ya han empezado a sufrir las represalias de la Policía. Durante los últimos días, Chen ha denunciado que algunos de sus parientes han sido investigados y amenazados por la Policía. Entre ellos destaca su sobrino, Chen Kegui, acusado de intento de homicidio por, supuestamente, atacar con un cuchillo de cocina a los cuadros del Partido Comunista que entraron en su casa cuando descubrieron la huida del famoso activista.

Combate en el exilio

A pesar de la ceguera que sufre desde la infancia, el abogado Chen Guangcheng, de 40 años, se ha señalado como uno de los disidentes más combativos de China por denunciar los abusos que padecían sus paisanos en el distrito de Linyi, sobre todo las esterilizaciones masivas y abortos forzosos para cumplir la «política del hijo único». En 2006 fue condenado en un oscuro proceso judicial y, tras pasarse cuatro años en la cárcel, llevaba desde septiembre de 2010 confinado bajo arresto domiciliario. En una heroica fuga de película, burló a sus guardianes el pasado 26 de abril y, con la ayuda de otros activistas, se refugió seis días en la Embajada de EE.UU. en Pekín.

Pero, como otros disidentes chinos en el exilio, Chen Guangcheng se arriesga a caer pronto en el olvido por no seguir denunciando, a pie de trinchera, los abusos que se siguen cometiendo en su país. «Tras aterrizar en EE.UU., el valor de Chen para la propaganda de Occidente no será tan alto como antes. En los últimos años muchos “disidentes” han armado mucho jaleo en la opinión pública occidental, pero la mayoría de los chinos hacen caso omiso y permanecen inmunes», se ufanaba con sorna el periódico «Global Times», filial en inglés del «Diario del Pueblo», que publica el Partido Comunista.

Olvidado en el exilio, a miles de kilómetros de su hogar, el pasado 6 de abril fallecía en Tucson (Arizona) el célebre disidente chino Fang Lizhi a los 76 años. Represaliado durante la «Revolución Cultural», inspiró a los estudiantes que pedían democracia en las protestas de laplaza de Tiananmen en 1989. Tras el aplastamiento de la revuelta, pasó un año refugiado en la Embajada de EE.UU. hasta que pudo salir de China. Al igual que ahora ocurre con Chen Guangcheng, aquel episodio más propio de la Guerra Fría provocó otro conflicto diplomático del que ya nadie se acuerda. ¿Correrá el disidente ciego el mismo destino

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